Aquí está mi cajón digital, como el que durante años he tenido en los rincones de los sitios dónde he vivido y donde se han ido reuniendo poemas y relatos, poblados con los personajes y las emociones de mi vida, esperando, haciéndome compañía y recordándome que hay quien ha nacido con arte aunque, a veces, no se sepa que hacer con él. Gracias por venir a pasar un rato con todos nosotros.
Gloria subió los peldaños viejos cargada con su bolso de viaje, con el ímpetu que le daban sus apenas veinticinco años, los cinco pisos de aquel antiguo edificio, de la calle de la luna, parecían acabarse, cuando por fin una especie de tejado compuesto de vigas y cristaleras sucias le anunció la llegada.
Ya faltaba poco para el día mágico, mi cuerpecito, de apenas 6 años, no podía dejar de moverse por todo el piso, de la calle Llorens y Barba. Inquieta agarré a mi yayo por la manga, de su camisa blanca de camarero.
Un aroma ácido me hizo salivar al paso de los limones, amarillos jugosos, bien apilados junto a la pirámide de naranjas. No había caminado ni veinte pasos cuando me di de bruces contra el puesto de las olivas. Había de toda clase, verdes, negras, rotas, gordas, arbequinas todas olorosas en su mezcla avinagrada aderezadas con hierbas y especias.
— ¡Nodi! —llamé a mi perro recién adoptado, un cocker negro y gordinflón de tamaño mediano, que me miró encantado por salir a la calle. Si por él fuera viviríamos en una tienda a los pies de mi amigo el abeto de enfrente de la portería. Nodi no tenía rabo para mostrar su contento, se lo cortaron de cachorrito, pero se las apañaba muy bien moviendo el pompón que le dejaron en su trasero.
Mis dedos infantiles jugueteaban entre los alambres de la jaula de caracoles de la pollería situada en mitad de la calle Joaquín Costa, a veces incluso, conseguía acariciar con mi dedo índice, el vientre viscoso de alguno despistado, hasta que la voz de la tía Juana conseguía sacarme de mi ensimismamiento.
La madrugada de agosto me agarraba por la cintura y aquel tipo de ojos chispeantes nos seguía al son del tintineo de mis tacones. Nos adentramos por la calle del Call sin apenas mirarnos, su cuerpo delgado se agitaba cada vez más, con las sombras que salían a divertirse por las esquinas.
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